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domingo, 22 de febrero de 2009

Erich Fromm


La "conciencia" es un negrero que el hombre se ha colocado dentro de sí mismo y que lo obliga a obrar de acuerdo con los deseos y fines que él cree suyos propios, mientras que en realidad no son otra cosa que las exigencias sociales externas que se han hecho internas. Lo manda con crueldad y rigor, prohibiéndole el placer y la felicidad, y haciendo de toda su vida la expiación de algún pecado misterioso.


El miedo a la libertad


¿Y qué importa si los demás no nos entienden? Cuando nos exigen hacer sólo lo que entienden, lo que hacen ellos es tratar de imponérsenos. Si dicen que somos “raros” o “insociables”, que lo digan. Lo que les molesta, sobre todo, es nuestra libertad y nuestra valentía de ser nosotros mismos. A nadie tenemos que rendir cuentas, mientras no hagamos daño a nadie. ¡Cuántas vidas se han arruinado por esta necesidad de “explicarse”!, lo que suele querer decir que la explicación se “entienda”, esto es, se apruebe. Que juzguen nuestros actos y, por ellos, nuestras intenciones verdaderas, pero sepamos que una persona libre sólo debe rendir cuentas a sí misma, a su razón y a su conciencia, así como a las pocas personas que puedan tener justo derecho a ello.


Del tener al ser


Uno no es un “revolucionario” […] porque profiera frases revolucionarias o porque participe en una revolución. En este sentido es revolucionario el hombre que se haya emancipado de los lazos de sangre y suelo, de su madre y de su padre, de fidelidades especiales al Estado, clase, raza, partido o religión. El carácter revolucionario es un humanista en el sentido en que se siente en sí mismo a toda la humanidad, y en que nada humano le es ajeno. Ama y respeta la vida. Es un escéptico y un hombre de fe.

      Es escéptico, pues sospecha que las ideologías encubren realidades indeseables. Es un hombre de fe, pues cree en aquello que existe potencialmente, aunque todavía no haya nacido. Puede decir “no” y ser desobediente precisamente porque puede decir “sí” y obedecer a aquellos principios que le son genuinamente propios. No está semidormido sino plenamente despierto ante las realidades personales y sociales que lo rodean. Es independiente; lo que es lo debe a su propio esfuerzo; es libre y no es sirviente de nadie.


La condición humana actual

domingo, 21 de septiembre de 2008

Thomas Bernhard


De mi abuelo tengo la costumbre de toda la vida de levantarme temprano y casi siempre antes de las cinco. El ritual se repite, en contra de las fuerzas incesantes de la pereza, y con conciencia ininterrumpida de que todo hacer es un hacer sin sentido, me enfrento con las estaciones del año mediante la misma disciplina cotidiana. Mi aislamiento es, durante largos períodos, un aislamiento total tanto del cuerpo como del espíritu, al someterme total e incorruptiblemente a mis necesidades, me las arreglo conmigo mismo. Épocas de repetición absoluta se alternan con lo contrario, sometido a todas las oscilaciones imaginables de mi naturaleza y del universo, sea el que fuere, sólo encuentro mi camino mediante una jornada estrictamente reglamentada. Sólo porque me opongo a mí mismo y, realmente, estoy siempre en contra de mí, soy capaz de ser. Cuando escribo, no leo, cuando leo, no escribo, y durante largos períodos no leo, no escribo, me resulta igualmente repulsivo. Durante largo tiempo, tanto escribir como leer me resulta odioso, y me veo entregado a la inactividad, lo que quiere decir, al examen profundo y penetrante de mi catástrofe sumamente personal, por una parte como curiosidad, por otra, como confirmación de todo lo que hoy soy y en lo que me he convertido con el tiempo, en esas circunstancias mías, tan cotidianas como antinaturales, artificiales, incluso perversas. Las perfidias que me hacen tropezar y desesperar, que me vuelven todos los días medio loco, se vuelven ineficaces contra mí cuando me las explico totalmente, lo mismo que nada me afecta ni me mata ya lentamente cuando me lo explico. Explicarme la existencia, no sólo penetrarla sino aclarármela cada día en el mayor grado posible, es la única posibilidad de hacerle frente. Antes no tenía esa posibilidad, para intervenir en el juego mortal y cotidiano de la existencia no tenía ni la inteligencia ni las fuerzas, hoy, el mecanismo se pone en marcha solo. Es un ordenar cotidiano, en mi mente se pone orden, las cosas se ponen cada día en su sitio. Lo que es inutilizable se tira y, sencillamente, es
expulsado de mi mente. La falta de miramientos es también un signo de vejez. Para superar las modas, el aislamiento y la imperturbabilidad del espíritu son la única salvación. Cuántas modas intelectuales han desfilado ya ante mí. Los viles aprovechadores de restos no descansan. Pero los que dominan el mercado con sus productos de saldo son fácilmente reconocibles, con el tiempo, se meten, totalmente por sí solos, en su propia porquería. El superviviente tiene que buscarse un lado, un rincón apropiado para sus conquistas. El aire está enrarecido, pero estoy acostumbrado a él. El una-cosa-u-otra se encuentra ya desde hace bastante tiempo en equilibrio. ¿Qué hay que estimar más, la frase o lo elemental? Es algo sin sentido. Yo lo he escuchado todo pero no he seguido nada. Todavía hoy experimento, el no saber cómo acabará fascina al solitario que ahora soy de nuevo. Desde hace ya tiempo no me pregunto el sentido de las palabras que sólo lo hacen todo siempre incomprensible. La vida en sí, la existencia en sí, todo es un lugar común. Cuando, como hago ahora, recordamos el pasado, todo se arregla poco a poco por sí mismo. Durante toda la vida estamos con personas que no saben de nosotros lo más mínimo, pero pretenden continuamente saberlo todo de nosotros, nuestros parientes y amigos más próximos no saben nada, porque nosotros mismos sabemos poco de ello. Nos pasamos toda la vida explorándonos y llegamos una y otra vez hasta los límites de nuestros medios intelectuales, y renunciamos. Nuestros esfuerzos acaban en una inconsciencia total y en una deprimición fatal, una y otra vez mortal. Lo que nosotros mismos jamás nos atrevemos a afirmar, porque nosotros mismos somos incompetentes, se atreven otros a reprochárnoslo, y no ven, con intención o sin intención, todo lo que, interior y exteriormente, hay en nosotros. Somos continuamente seres arrojados por los otros, que a cada nuevo día tienen que volver a encontrarse, recomponerse, reconstituirse. Nos juzgamos a nosotros mismos, con el paso de los años, de forma cada vez más severa, y tenemos que dejarnos juzgar de forma doblemente severa en dirección opuesta. La incompetencia impera en todas las relaciones y, con el tiempo, produce de forma totalmente natural la indiferencia. Después de una susceptibilidad y vulnerabilidad de tantos años nos hemos vuelto ya casi no susceptibles ni vulnerables, nos damos cuenta de las heridas, pero hoy no somos ya tan hipersensibles como antes. Damos golpes más fuertes y encajamos golpes más fuertes. La vida habla un lenguaje más lacónico, más aniquilador, que nosotros mismos hablamos hoy, no somos ya tan sentimentales que todavía tengamos esperanzas. La falta de esperanzas nos ha dado una visión clara de los hombres, las cosas, las relaciones, el pasado, el futuro y así sucesivamente. Hemos llegado a la edad en que nosotros mismos somos la prueba de todo lo que nos ha golpeado durante las épocas de nuestra vida.

A veces levantamos la cabeza y creemos que tenemos que decir la verdad o la aparente verdad, y la volvemos a bajar. Eso es todo.


El sótano. Thomas Bernhard.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Josep Pla


Algunas palabras de este socarrón ilustrado.

A los veintiún años, recién terminada la carrera en la Universidad, yo era un hijo de una familia prácticamente arruinada, pobre de solemnidad, de una incultura fabulosa —pese a haber terminado la carrera—, de una ligereza de espíritu y una perentoriedad de juicio absolutamente proporcionadas a la propia ignorancia. Indotado para la ambición, incapaz de comprender el lado lucrativo y práctico de las cosas, ajeno a todo espíritu de continuidad, inepto para llevar los accesorios de la vida social; tímido, devorado por el sentido del ridículo, incapaz de realizar el menor cálculo humano y momentáneamente dominado, por consiguiente, por una audacia inexplicable; casi irresponsable; exacto a veces hasta la obsesión, literalmente inexacto otras veces, con una memoria forzada a menudo hasta el dolor y con etapas de amnesia rozando la pura absurdidad; de concepción y ejecución muy lentas, desesperantes incluso; sin orden ni concierto; sintiendo la fascinación del inconsciente; alternando el trabajo a rachas con largos períodos de absoluta pereza; de una insondable inapetencia por las cosas reales y positivas, y lleno de curiosidad por las inanidades; incapaz de ser feliz por carecer del sentimiento de idolatría y de fiel adhesión; devorado por la ironía y el sentido del ridículo, pero sin el suficiente amor propio como para llegar a tener una presencia personal; por lo general educado, pero de vez en cuando con un cinismo glacial; de muy difícil obediencia y de escasa paciencia; sin vicios ni virtudes dominantes, excepto el vicio y la virtud de vivir; inaprensible, individualista sentimental, sin tiempo para nada, sobre todo en los momentos de pereza; con una sensación permanente de poseer la más vasta y acreditada ignorancia; más bien descuidado e incapaz de dar la menor importancia al aspecto exterior; más inclinado a la bebida y al tabaco que a la comida; dominado por el juego mental, sobre todo el de los demás; sin vanidad, ni orgullo, ni capacidad de intriga; permanentemente dolorido por la incapacidad de tener un momento de reposo y calma…

Notas dispersas


…aun sabiendo por las observaciones más arcaicas que la libertad jamás ha existido, hemos llegado a una época en la que es fácil constatar que ni los hombres ni las mujeres aspiran siquiera, no ya a la Libertad con mayúscula, sino a la concreción más insignificante de esta forma de vivir, pensar o decir practicada tan solo por algunas personas aisladas o por grupitos que no cuentan demasiado pero que son respetables.

Notas para Sílvia


A mí me parece que, en el fondo, el asunto no consiste en leer mucho, sino en leer bien. Yo, por lo menos, he defendido siempre este principio, aunque por desgracia no siempre lo he practicado. De joven —de los diecisiete a los veintisiete años— leí todo lo que cayó en mis manos —leí, pues, desordenadamente—. Habiendo dispuesto de una memoria algo viva, la lectura, vasta y desordenada, me produjo la ilusión de que avanzaba positivamente. Me di cuenta, sin embargo, de que no era así. Ya comprendo que leer bien es difícil y doloroso. Estar atento a las cosas —en un texto—, mirarlas bien, pausadamente, supone un gran esfuerzo. El estado natural del hombre no es la atención: es la dispersión, es volar de rama en rama, como los pájaros. Por eso observar es más difícil que charlar, que improvisar, que delirar. Observar es más difícil que pensar.

Notas dispersas


De pequeño, oía decir en la escuela que la pereza es la madre de todos los vicios. No lo creo. No puede haber forma alguna de conocimiento sin que le preceda un mínimo de pereza —por lo menos, de pereza aparente.

Notas dispersas


Usted, aquel otro o el de más allá, ha conocido a un hombre de mundo, o a una señora de cortesía exquisita —salonnards—, simpáticos, educadísimos, permanentemente dispuestos a hacer un pequeño favor, muy graciosos, que se interesan por todo, que son sensibles, que reconocen lo que pasa, etc., y que en el fondo son de una indeferencia total. En este sentido, casi todo el mundo es igual. Todo esto puede suceder entre personas que, al menos aparentemente, tienen una gran intimidad. Parece a veces que, cuanta más cortesía, más indiferencia.

Notas del crepúsculo


He cumplido ya —en el momento de escribir estas líneas— setenta y nueve años. Soy del 97 del siglo pasado. He vivido todas las revoluciones habidas en España durante este siglo. Cuando la de 1909, tenía yo doce o trece años. Me acuerdo como si fuese ahora. Ejerciendo ya el periodismo, he vivido —con mis propios ojos a veces— las dos enormes guerras mundiales. Estas guerras han causado millones y millones de muertos. En la segunda ha habido los campos de concentración, la destrucción de los judíos, la transmigración de la gente —enorme y dolorosísimo asunto—. Las revoluciones españolas fueron de una esterilidad inútil y grotesca. Las enormes guerras vividas, aún más —mucho más—. Y ahora pregunto al lector, al lector que ha vivido como yo estas enormidades, si se puede creer en el progreso. ¿En qué progreso? Contéstenme, por favor, me encantaría hablar de ello. Habiendo sido testigo a lo largo de mi vida de las mayores bestialidades ocurridas en la historia conocida, ¿cómo imaginar siquiera que yo pueda entrar en el progreso? Yo sólo pido una cosa, en el mundo en que vivimos: que en este mundo haya el dolor humano normal —o sea, el mínimo dolor posible—. Al margen de esta, todas las demás elucubraciones me dan un miedo terrible.

Notas del crepúsculo

sábado, 31 de mayo de 2008

A la sombra de las muchachas en flor

Algunos extractos del segundo volumen del gran libro de Proust.

…siempre tomamos nuestras resoluciones definitivas basándonos en un estado de ánimo que no habrá de ser duradero.

…en amor nunca puede haber calma, porque lo que se logra es tan sólo un nuevo punto de partida para más desear.

…los productores de obras geniales no son aquellos seres que viven en el más delicado ambiente y que tienen la más lúcida de las conversaciones y la más extensa de las culturas, sino aquellos capaces de cesar bruscamente de vivir para sí mismos y convertir su personalidad en algo semejante a un espejo, de tal suerte que su vida, por mediocre que sea en su aspecto mundano, y hasta cierto punto en el intelectual, vaya a reflejarse allí: porque el genio consiste en la potencia de reflexión y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.

Todos necesitamos alimentar en nosotros alguna vena de loco para que la realidad se nos haga soportable.

Por lo general, vivimos con nuestro ser reducido al mínimum, y la mayoría de nuestras facultades están adormecidas porque descansan en la costumbre, que ya sabe lo que hay que hacer y no las necesita.

…en realidad nosotros no somos al modo de fábrica arquitectónica a la que se pueden añadir piedras desde fuera, sino árboles que sacan de su propia savia cada nuevo nudo de su tallo, cada capa superior de su follaje.

…porque sólo nosotros podemos dar a ciertas cosas, gracias a la creencia de que tienen una existencia aparte, un alma, que luego esas cosas conservan y desarrollan en nosotros mismos.

En busca del tiempo perdido. Marcel Proust.

martes, 19 de febrero de 2008

Los viajes y las lecturas

Por las nuevas que me das y las que escucho de otros, concibo buena esperanza de ti: no vas de acá para allá ni te inquietas por cambiar de lugar, agitación ésta propia de alma enfermiza: considero el primer indicio de un espíritu equilibrado poder mantenerse firme y morar en sí.

Mas evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en ti una cierta fluctuación e inestabilidad. Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes. A los que pasan la vida en viajes les acontece esto: que tienen múltiples alojamientos y ningunas amistades. Es necesario que acaezca otro tanto a aquellos que no se aplican al trato familiar de ingenio alguno, sino que los manejan todos al vuelo y con precipitación.

El cuerpo no aprovecha ni asimila el alimento que expulsa tan pronto como lo ingiere; nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer.

“Pero”, argüiras, “es que ahora quiero ojear este libro, luego aquel otro”. Es propio de estómago hastiado degustar muchos manjares, que cuando son variados y diversos indigestan y no alimentan. Así, pues, lee siempre autores reconocidos y, si en alguna ocasión te agradare recurrir a otros, vuelve luego a los primeros. Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo aquel día.

Esto es lo que yo mismo hago también; de los muchos pasajes que he leído me apropio alguno. El de hoy es éste que he descubierto en Epicuro (pues acostumbro a pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador): “cosa honesta ―dice― es la pobreza llevada con alegría”.

Mas no es pobreza aquella que es alegre; no es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más. Pues, ¿qué importa cuánto caudal encierre su arca, cuánto en sus graneros, cuánto ganado apaciente o cuántos préstamos haga, si codicia lo ajeno, si calcula no lo adquirido, sino lo que le queda por adquirir? ¿Preguntas cuál es el límite conveniente a las riquezas? Primero tener lo necesario, luego los suficiente.

Epístolas morales a Lucilio. Séneca

martes, 22 de enero de 2008

Una visión del trabajo contemporáneo

La abundancia de objetos de consumo que se observa en las metrópolis industriales apenas llega a encubrir la más profunda frustración e infelicidad creada en los individuos por este sistema que hace progresar sus insatisfacciones a ritmos muy superiores a los pobres medios de consolación que ofrece para colmarlas. Frustraciones que culminan en la paradoja de que existiendo conocimientos técnicos y científicos que permitirían mejor que nunca a los individuos disfrutar de la vida y desarrollar libremente su personalidad, el tipo de sociedad en que vivimos impone cada vez más trabas para ello.

Los individuos no sólo pueden tratar de evadirse a sus frustraciones íntimas, a sus dudas acerca del sentido de la vida o de su propia identidad dando rienda suelta a su ansia de apropiación y de ostentación participando, en la medida que se lo permite su capacidad adquisitiva, en la carrera del consumo. El sistema ofrece otra vía de evasión complementaria a la anterior: la de entregarse a la práctica compulsiva de un trabajo alienante. Este impulso interior que empuja a los individuos hacia un trabajo no gratificante ―que al decir de Fromm ha constituido “una fuerza productiva” no menos importante que la máquina de vapor o el uso de la electricidad― ha entrado en juego precisamente cuando el proceso de secularización de los conocimientos había despojado al trabajo de su antiguo significado ritual que lo hacía más llevadero y cuando el trabajo industrial desplazaba a aquél otro más completo y creativo de los artesanos. Es precisamente cuando el trabajo aparece reducido a unidades de tiempo y esfuerzo en las que se agota la vida de los individuos, cuando la ideología dominante empieza a reforzar su impulso masoquista hacia ese trabajo alienante, ensalzando como un hecho altamente estimable su dedicación a él y glorificándolo al atribuirle la gracia de ser fuente de todo valor. Pues es sobre este patrón de comportamiento sobre el que se asienta el actual modelo de sociedad, que prefiere el mundo muerto de las máquinas a la diversidad de los organismos vivos o la obediencia asegurada del robot a las reacciones imprevisibles del ser humano, tratando de reducir a éste a la calidad de aquél.

La economía en evolución. José Manuel Naredo.


martes, 18 de diciembre de 2007

La poesía, señor hidalgo…

La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio; hala de tener el que la tuviere a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde, que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo.

Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes

lunes, 26 de noviembre de 2007

Lao Tse

XXVIII

Quien conoce su esencia masculina,
y se mantiene en el principio femenino,
es como el arroyo del mundo.
Mientras sea como el arroyo del mundo
la virtud eterna no lo abandonará,
y retornará a la infancia.
Quien conoce su propia blancura,
y se mantiene en la oscuridad,
es como ser el modelo del mundo.
Mientras sea como el modelo del mundo,
la virtud eterna no se alterará en él,
y retornará a lo absoluto.
Quien conoce su gloria,
y se mantiene en la desgracia,
es como el valle del mundo.
Mientras sea como el valle del mundo
la virtud eterna le colmará
y retornará a la sencillez.
Lo sencillo, cuando se divide,
modela todos los útiles.
El sabio, cuando gobierna
rige a todos los ministros
y así conserva la unidad.

Tao te King. Lao Tse

viernes, 9 de noviembre de 2007

La sangre y la Causa

"No hay nada en este mundo equiparable al aura arrebolada de la sangre y la muerte para adornar y ennoblecer, ante los ojos de los hombres, los estandartes de cualquier empresa. La sangre y la muerte no solamente aducen convicción, generosidad, altura de miras en los muertos, sino que también reflejan elevación, dignidad y certidumbre para la Causa por la que murieron. Nadie logró jamás tener tanta razón como los muertos, ni hubo nunca argumento más poderoso que sus muertes para dejar a la Causa irrefutablemente convencida de sí misma y convencidos de ella a los demás. Las muertes son las que siempre han consagrado como verdadera y justa y grande y santa cualquier Causa, y poder decir de ella " Es la Causa por la que derramaron su sangre nuestros padres y nuestros abuelos" ha sido siempre un argumento legitimador infinitamente más fuerte y más definitivo que el contenido de la Causa misma. Nunca es el contenido de la Causa el que se alega para legitimar y justificar la sangre derramada, sino ésta la que siempre es esgrimida como el aval indiscutible de la justicia, la razón y la bondad de cualquier Causa, por delirante, estúpida, inicua, criminal o sórdida que sea. Que la llamada Causa del Progreso hoy prácticamente reducida a la innovación cualitativa en la tecnología esté sujeta a accidentes no es considerado como un defecto o culpa que haya que achacarle, sino como una suerte de portazgo o de peaje que legitima la entrada en circulación de la nueva mercancía, o hasta la credencial que avala y ennoblece al portador para poder presentarla dignamente ante cualquiera. Se diría que la sangre y la muerte son a los ojos de los hombres el más seguro y acreditado título de garantía sobre el valor de cualquier cosa; y aquello que haya costado sangre y muerte aquello mismo tienen por lo más valioso."

Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado. Rafael Sánchez Ferlosio.

martes, 16 de octubre de 2007

La colina

¿No me has visto nunca, Platero, echado en la colina, romántico y clásico a un tiempo?

…Pasan los toros, los perros, los cuervos, y no me muevo, ni siquiera miro. Llega la noche, y sólo me voy cuando la sombra me quita. No sé cuándo me vi allí por vez primera, y aún dudo si estuve nunca. Ya sabes qué colina digo: la colina roja aquélla que se levanta, como un torso de hombre y de mujer, sobre la viña vieja de Cobano.

En ella he leído cuanto he leído y he pensado todos mis pensamientos. En todos los museos vi ese cuadro mío, pintado por mí mismo: yo, de negro, echado en la arena, de espaldas a mí, digo a ti, o a quien mirara, con mi idea libre entre mis ojos y el poniente.

Me llaman, a ver si voy a comer o a dormir, desde la casa de la Piña. Creo que voy, pero no sé si me quedo aquí. Y yo estoy cierto, Platero, de que ahora no estoy aquí contigo, ni nunca en donde esté, ni en la tumba, ya muerto, sino en la colina roja, clásica a un tiempo y romántica, mirando, con un libro en la mano, ponerse el sol sobre el río…

Platero y yo. Juan Ramón Jiménez.

miércoles, 10 de octubre de 2007

La vieja sirena

En la mar hay un cangrejo incapaz de fabricarse un caparazón y camina en carne viva, desnudo, vulnerable, a la merced de un roce, de un arañazo en el coral… Se protege buscando una concha vacía que no es la suya y se refugia metiéndose dentro.

La vieja sirena. José Luis Sanpedro.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La canción del baile

En respuesta a una persona discreta y encantadora, generadora de interrogantes y provocadora de reflexiones que, conociendo mi debilidad por Nietzsche, me preguntó si éste sabía expresar la verdad con un cuento. Por cierto, él se empeñó como pocos en demoler las verdades establecidas en su época, en hacer una “transvaloración de todos los valores” aceptados dejándonos, de este modo, horros para construir nuestras propias “verdades”, pergeñar nuestros propios autoengaños creativos (con esto contesto a otra cuestión planteada por mi querida contradictora). Es en su tarea de construcción en la que uno no siempre puede acompañarle.

La canción del baile

Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando una fuente he aquí que llegó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamente rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las muchachas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras:

«¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha llegado a vosotras, con mirada malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas.

Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espíritu de la pesadez. ¿Cómo habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos tobillos?

Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las muchachas: junto al pozo está tendido, quieto, con los ojos cerrados.

¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas?

¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará ciertamente y llorará, - ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora!

Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mismo quiero cantar una canción para su baile:

Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pesadez, mi supremo y más poderoso diablo, del que ellos dicen que es “el señor de este mundo”»

Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban juntos:

En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida! Y en lo insondable me pareció hundirme.

Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlonamente te reíste cuando te llamé insondable.

«Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es insondable.

Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa:

Aunque para vosotros los varones me llame ‘la profunda’, o ‘la fiel’, ‘la eterna’, ‘la llena de misterio’.

Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias virtudes - ¡ay, vosotros virtuosos!»

Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma.

Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo encolerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso alabas tú la vida!»

A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría.

Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida - ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!

Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo demasiado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida!

Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto?

Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabiduría!

Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes.

¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en su cebo.

Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los labios y peinarse a contrapelo.

Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabalmente cuando habla mal de sí es cuando más seduce.»

Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás hablando?, dijo, ¿sin duda de mí?

Y aunque tuvieras razón, - ¡decirme eso así a la cara! Pero ahora habla también de tu sabiduría.»

¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció hundirme allí de nuevo. -

Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las muchachas se hubieron ido de allí sintióse triste.

«Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques llega frío.

Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía? -

Ay, amigos míos, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza!

El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»

Así habló Zaratustra.

Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Discurso sobre la muerte voluntaria

Un texto de Jean Améry sobre el suicidio o muerte voluntaria, como a él le gustaba denominarla. Era alguien que sabía muy bien de lo que hablaba.

Quien considere la idea de la muerte voluntaria, siquiera sea por algunos momentos o por puro ánimo de distracción, se sorprenderá del obstinado interés de la sociedad por la suerte final de quien lo intenta. Se trata de la misma sociedad que se ha ocupado bien poco de su ser y de su existencia. Se hace estallar una guerra: le llamará a filas y le ordenarán mantenerse firme en medio de sangre y hierro. Le ha quitado el trabajo después de haberlo educado para él: ahora está en el paro, se le paga con limosnas que consume, consumiéndose a sí mismo con ellas. Cae enfermo: sólo que desgraciadamente hay tan pocas camas de hospital disponibles, escasean los valiosos medicamentos, y el más valioso de todos, la habitación individual, no está a su disposición. Sólo ahora, cuando desea ceder ante la inclinación a la muerte, cuando ya no está dispuesto a oponerse al hastío del ser, cuando la dignidad y la humanidad le exigen concluir el asunto limpiamente y llevar a cabo lo que en cualquier caso tendrá que hacer algún día, desaparecer, solamente ahora la sociedad se comporta como si él fuera su bien más preciado, lo rodea de horrenda parafernalia técnica y lo entrega a la repulsiva ambición profesional de los médicos, que pondrán después su “salvación” en el haber de su cuenta profesional, como los cazadores cuando recorren la distancia de tiro del animal abatido. Piensan que lo han arrancado a la muerte, y se conducen como deportistas que han conseguido una marca extraordinaria.

Todo esto me parece muy poco normal. Quiero decir: por un lado la fría indiferencia que muestra la sociedad respecto al ser humano, y por otro la cálida preocupación por él cuando se dispone a abandonar voluntariamente la sociedad de los vivos ¿Acaso les pertenece?

Levantar la mano sobre uno mismo: discurso sobre la muerte voluntaria. Jean Améry

sábado, 8 de septiembre de 2007

Barón d'Holbach

Citado si se citacomo uno más entre los satélites de las vedettes filosóficas de la Ilustración, Paul Henri Dietrich, Barón d'Holbach, es uno de los más insignes y preclaros confutadores de las imposturas, de las creencias y los desmanes de la religión, además de ser un eximio moralista. No es necesario precisar que sus libros fueron prohibidos en la época de su redacción, circulando en ediciones clandestinas. Hoy, lamentablemente, son bastante ignorados y de difícil acceso en román paladino. Dejo unos cuantos fragmentos de su obra.


Mil veces se ha visto en todas las partes de nuestro globo a fanáticos embriagados degollarse unos a otros, encender hogueras, cometer sin escrúpulo y por deber los mayores crímenes y hacer correr la sangre humana. ¿Para qué? Para hacer valer, mantener o propagar las conjeturas impertinentes de algunos entusiastas, o para acreditar los embustes de algunos impostores acerca de un ser que sólo existe en su imaginación y que sólo se da a conocer por los estragos, disputas y locuras que ha causado en la tierra.


Todo lo que sucede en el mundo nos prueba de la manera más clara que no está gobernado por un ser inteligente.


El sentimiento íntimo que nos hace creer que somos libres de hacer o no hacer una cosa no es más que una pura ilusión.


La vanidad del hombre le persuade de que es el centro único del universo; se hace un mundo y un Dios para él solo; se ve con bastante motivo para desordenar a su gusto la naturaleza, pero razona como ateo en cuanto se trata de los demás animales.


Es lo propio de la ignorancia preferir lo desconocido, lo oculto, lo fabuloso, lo maravilloso, lo increíble, lo terrible incluso, a lo que es claro, sencillo y verdadero.


Si los ministros de la Iglesia han permitido a menudo a los pueblos rebelarse por la causa del cielo, jamás les permitieron rebelarse por los males reales o las violencias conocidas.


Siempre es el carácter del hombre el que decide el carácter de su Dios; cada cual se fabrica uno para sí mismo y según él mismo.


Que esté permitido a cada uno pensar como quiera; pero que nunca le esté permitido perjudicar a nadie por su manera de pensar.


La existencia de otra vida sólo tiene por garante la imaginación de los hombres, que, suponiéndola, no hacen más que realizar el deseo de sobrevivirse a sí mismos, a fin de disfrutar con ello de una felicidad más duradera y pura de la que disfrutan en el presente.


Se pregunta qué motivos puede tener un ateo para hacer el bien. Puede tener el motivo de agradarse a sí mismo, de agradar a sus semejantes, de vivir feliz y tranquilo; de hacerse amar y considerar por los hombres, cuya existencia y disposiciones son mucho más seguras y más conocidas que las de un ser imposible de conocer.

El buen sentido o las ideas naturales opuestas a las sobrenaturales. Barón d'Holbach.

viernes, 31 de agosto de 2007

Breviario del caos. Fragmento

Somos ya demasiado numerosos para vivir, para vivir no como insectos, sino como hombres; multiplicamos los desiertos a fuerza de agotar el suelo, nuestros ríos no son más que sentinas y el océano entra a su vez en agonía, pero la fe, la moral, el orden y el interés material se unen para condenarnos a ser tribu: a las religiones les hacen falta los fieles, a las naciones los defensores, a los industriales los consumidores, es decir, que hacen falta niños para todo el mundo, sin importar en qué se conviertan de adultos. Se nos empuja por el lomo al encuentro de la catástrofe y no podemos mantener nuestros fundamentos salvo yendo a la muerte, jamás se ha visto paradoja más trágica, jamás se ha visto absurdo más manifiesto, jamás la prueba de que este universo es una creación del azar, la vida un epifenómeno, y el hombre un accidente, ha recibido mayor confirmación general. No hemos tenido nunca un Padre en el Cielo, somos huérfanos, nos toca a nosotros comprenderlo, a nosotros volvernos mayores, a nosotros rechazar la obediencia a aquellos que nos engañan e inmolar a aquellos que nos consagran al abismo, pues nadie nos redimirá si no nos salvamos a nosotros mismos.


Breviario del caos. Albert Caraco

jueves, 23 de agosto de 2007

La soledad

La soledad.

La soledad está en todo para ti, y todo para ti está en la soledad. Isla feliz adonde tantas veces te acogiste, compenetrado mejor con la vida y sus designios, trayendo allá, como quien trae del mercado unas flores cuyos pétalos luego abrirán en plenitud recatada, la turbulencia que poco a poco ha de sedimentar las imágenes, las ideas.

Hay quienes en medio de la vida la perciben apresuradamente, y son los improvisadores; pero hay también quienes necesitan distanciarse de ella para verla más y mejor, y son los contempladores. El presente es demasiado brusco, no pocas veces lleno de incongruencia irónica, y conviene distanciarse de él para comprender su sorpresa y su reiteración.

Entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú, está la soledad. Mas esa soledad, que de todo te separa, no te apena. ¿Por qué habría de apenarte? Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes.

De niño, cuando a la noche veías el cielo, cuyas estrellas semejaban miradas amigas llenando la oscuridad de misteriosa simpatía, la vastedad de los espacios no te arredraba, sino al contrario, te suspendía en embeleso confiado. Allá entre las constelaciones brillaba la tuya, clara como el agua, luciente como el carbón que es el diamante: la constelación de la soledad, invisible para tantos, evidente y benéfica para algunos, entre los cuales has tenido la suerte de contarte.

Ocnos. Luis Cernuda.

domingo, 19 de agosto de 2007

Libro del desasosiego. Fragmento 191

Del imprescindible Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, uno de los escritores mayores del siglo XX.

191.

“Pienso a veces, con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que yo no pertenezca, estas frases que escribo perduran como cosa de mérito, tendré por fin quienes me “comprendan”, los míos, mi verdadera familia para en ella nacer y ser amado. Pero lejos de ir yo a nacer en ella, habré muerto mucho tiempo antes. Seré comprendido sólo en efigie, cuando el afecto ya no compense al muerto de la falta de afecto general que lo acompañó en vida.

Tal vez un día comprendan que cumplí, como nadie, mi deber nato de intérprete de una parte de nuestro siglo; y, cuando lo comprendan, escribirán que en mi época fui un incomprendido, que viví infelizmente entre falta de afectos y frialdades, y que es una pena que semejante cosa me hubiese acontecido. Y quien esto escriba será, en la época en que lo escriba, incomprendedor, como los que hoy me rodean, de mi análogo de ese tiempo futuro. Porque los hombres sólo aprenden para uso de sus bisabuelos, que ya murieron. Sólo a los muertos sabemos enseñar las verdaderas reglas de vivir.”

Libro del desasosiego. Fernando Pessoa

Ella no era de aquí…

¿Es posible enamorarse de una mujer descrita en un breve texto? ¿Será todo enamoramiento la persecución de un fantasma, de un ideal personal que uno proyecta sobre un ser que se cruza en un determinado momento en nuestro camino? ¿Tendría razón Machado cuando decía: “No prueba nada/contra el amor que la amada/no haya existido jamás…”?

Ella no era de aquí…

No la vi más que dos veces. Es poco. Pero lo extraordinario no se mide en términos de tiempo. Fui conquistado de entrada por su aire de ausencia y de extrañamiento, sus susurros (no hablaba), sus gestos inseguros, sus miradas que no se adherían a los seres ni a las cosas, su aspecto de espectro encantador. «¿Quién es usted? ¿De dónde viene?», eran las preguntas que deseaba uno hacerle a bocajarro. Mas ella no hubiera podido responder: hasta ese punto se confundía con su misterio o le repugnaba traicionarlo. Nadie sabrá nunca cómo lograba respirar, a causa de qué extravío cedía al prestigio del aliento, ni qué es lo que buscaba entre nosotros. Lo único cierto es que ella no era de aquí y que compartía nuestra degradación únicamente por urbanidad o curiosidad mórbida. Sólo los ángeles o los incurables pueden inspirar un sentimiento análogo al que se experimentaba en su presencia. Fascinación, malestar sobrenatural…

En el mismo instante en que la vi por primera vez, me enamoré de su timidez, una timidez única, inolvidable, que le daba la apariencia de una vestal agotada al servicio de un dios clandestino, o de una mística devastada por la nostalgia o el abuso del éxtasis, definitivamente incapaz de volver a las evidencias.

Abrumada de bienes, colmada socialmente, parecía sin embargo destituida de todo, en el umbral de una mendicidad ideal, consagrada a murmurar su indigencia en el seno de lo imperceptible. De hecho, ¿qué podía poseer y proferir cuando el silencio le servía de alma y la perplejidad de universo? ¿No evocaba acaso esas criaturas de luz lunar de las que habla Rozanov? Cuanto más se pensaba en ella, menos propenso se era a considerarla según los gustos y los puntos de vista de la época. Un género inactual de maldición pesaba sobre ella. Por fortuna, hasta su encanto formaba parte del pasado. Debió haber nacido en otro lugar y en otro siglo, en medio de las landas de Haworth, en la niebla y la desolación, al lado de las hermanas Brönte…

Quien supiera descifrar los rostros podría haber leído fácilmente en el suyo que no estaba condenada a durar, que la pesadilla de los años le sería ahorrada. Parecía, viva, tan poco cómplice de la vida, que uno no podía mirarla sin pensar que nunca más la volvería a ver. El adiós era la ley de su naturaleza, el signo de su predestinación y de su paso por la Tierra; de ahí que lo utilizase como un nimbo, en absoluto por indiscreción, sino por solidaridad con lo invisible.

Ejercicios de admiración. Emil Cioran