miércoles, 29 de agosto de 2007

Saetas, breves decires, delirios al por menor. Serie Primera

Los monumentos al soldado desconocido son erigidos por los conocidos canallas que le enviaron al matadero.


Si queréis justificar vuestra ambición, elegid bien las palabras. Nunca digáis: hago esto por codicia, emprendo tal cosa por avidez de riquezas; decid: “yo, por el pan de mis hijos…” entonces cualquier tropelía está permitida, cualquier atropello encontrará su aprobación.


─ F., eres como un libro abierto.
─ Sí, aunque nadie lo entiende cuando lo lee.


“Dios nos dé trabajo”. Después de escuchar asiduamente esta frase desde niño, sigue sin convencerme. Dios, a mí, dame ocio, la olímpica facultad de elegir el hacer algo o el no hacer nada, según convenga.


Los que se congratulan cantando un himno en rebaño se regocijarán también, si se dan las circunstancias, suprimiendo a aquellas ovejas descarriadas e irredentas reacias a engrosar el coro.

sábado, 25 de agosto de 2007

El aprendiz de baile

No posee la menor habilidad social. Los desempeños cotidianos que otros efectúan sin percatarse para él suponen una condena ineludible, el castigo propinado por un dios aburrido y desocupado, algo así como su peculiar trabajo de Sísifo. Cualquier intrascendente cita mundana, conocer a nuevas personas, relacionarse con otros le produce una inquietud pueril, un vago e inconcreto malestar, un desasosiego estúpido e injustificado.

Misántropo por timidez más que por vocación temperamental, lacónico y huraño por pudor, su hosquedad vital es la envoltura con la que se recubre su temor a ser herido. Su facha atribulada y circunspecta oculta un espíritu irónico, burlón, combinado con ciertas porciones de amargura y solemnidad. Esta doble faceta le lleva por un lado a una permanente disposición a desvestir las apariencias de sus galas falaces y equívocas en un empeño, a veces enfermizo, por resaltar lo grotesco y absurdo de todo, y, por otra parte, a abismarse, cuando emerge la resaca, en sus delirios autoinspectivos, en ese laberinto personal al que no es capaz de extraer el itinerario que le permitiría abandonar el recinto de muros mohosos, deslucidos, con desconchones demasiado familiares para arribar a estancias más diáfanas y acogedoras. Aunque su residencia natural es la umbría y el páramo le gustaría habitar, al menos durante un tiempo, en las solanas, sentir la tibieza de la despreocupación y la calidez de un contacto humano más asiduo.

Sus enfados son, como sus entusiasmos, breves y perecederos arrepintiéndose de ambos casi en el mismo momento en que se generan. Los considera inconvenientes surgidos en medio de la grisura consuetudinaria que le acompaña fielmente desde niño y que se niega a abandonar. Hasta ahora ha vivido a trompicones, rodando su berroqueño pedrusco por el empinado talud sin nunca terminar de encaramarlo definitivamente en la cima. Se ha acostumbrado a ese estable desequilibrio y ya no sabría vivir de otra forma.

Puede que algún día aprenda los pasos del baile, logrará, entonces, seguir el compás manteniendo la apostura con gesto firme y decidido, danzará el minué al ritmo armónico, aplomado y cadencioso del resto de danzantes, pero será demasiado tarde.

jueves, 23 de agosto de 2007

Salmo XI

Salmo XI

Nací desnudo, y solo mis dos ojos

cubiertos los saqué, mas fue de llanto.
Volver como nací quiero a la tierra;
el camino sembrado está de abrojos;
enmudezca mi lira, cese el canto;
y sepan todos que por bienes sigo
los que no han de poder morir conmigo;
pues mi mayor tesoro
es no envidiar la púrpura ni el oro,
que en mortajas convierte
la trágica guadaña de la muerte.
Rehúso de gozallo,
por ahorrar la pena que recibe
el hombre, que lo tiene mientras vive,
cuando es llegado el tiempo de dejallo:
que el mayor tropezón de la caída
en el humano ser, es la subida.
De nada hace tesoros, Indias hace
quien, como yo, con nada está contento,
y con frágil sustento
la hambre ayuna y flaca satisface.
Pretenda el que quisiere,
para vivir, riquezas, mientras muere
pretendiendo alcanzallas;
que los más, cuando llegan a gozallas
en la cumbre más alta,
alegre vida que vivir les falta.

Heráclito cristiano. Francisco de Quevedo

La soledad

La soledad.

La soledad está en todo para ti, y todo para ti está en la soledad. Isla feliz adonde tantas veces te acogiste, compenetrado mejor con la vida y sus designios, trayendo allá, como quien trae del mercado unas flores cuyos pétalos luego abrirán en plenitud recatada, la turbulencia que poco a poco ha de sedimentar las imágenes, las ideas.

Hay quienes en medio de la vida la perciben apresuradamente, y son los improvisadores; pero hay también quienes necesitan distanciarse de ella para verla más y mejor, y son los contempladores. El presente es demasiado brusco, no pocas veces lleno de incongruencia irónica, y conviene distanciarse de él para comprender su sorpresa y su reiteración.

Entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú, está la soledad. Mas esa soledad, que de todo te separa, no te apena. ¿Por qué habría de apenarte? Cuenta hecha con todo, con la tierra, con la tradición, con los hombres, a ninguno debes tanto como a la soledad. Poco o mucho, lo que tú seas, a ella se lo debes.

De niño, cuando a la noche veías el cielo, cuyas estrellas semejaban miradas amigas llenando la oscuridad de misteriosa simpatía, la vastedad de los espacios no te arredraba, sino al contrario, te suspendía en embeleso confiado. Allá entre las constelaciones brillaba la tuya, clara como el agua, luciente como el carbón que es el diamante: la constelación de la soledad, invisible para tantos, evidente y benéfica para algunos, entre los cuales has tenido la suerte de contarte.

Ocnos. Luis Cernuda.

domingo, 19 de agosto de 2007

Libro del desasosiego. Fragmento 191

Del imprescindible Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, uno de los escritores mayores del siglo XX.

191.

“Pienso a veces, con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que yo no pertenezca, estas frases que escribo perduran como cosa de mérito, tendré por fin quienes me “comprendan”, los míos, mi verdadera familia para en ella nacer y ser amado. Pero lejos de ir yo a nacer en ella, habré muerto mucho tiempo antes. Seré comprendido sólo en efigie, cuando el afecto ya no compense al muerto de la falta de afecto general que lo acompañó en vida.

Tal vez un día comprendan que cumplí, como nadie, mi deber nato de intérprete de una parte de nuestro siglo; y, cuando lo comprendan, escribirán que en mi época fui un incomprendido, que viví infelizmente entre falta de afectos y frialdades, y que es una pena que semejante cosa me hubiese acontecido. Y quien esto escriba será, en la época en que lo escriba, incomprendedor, como los que hoy me rodean, de mi análogo de ese tiempo futuro. Porque los hombres sólo aprenden para uso de sus bisabuelos, que ya murieron. Sólo a los muertos sabemos enseñar las verdaderas reglas de vivir.”

Libro del desasosiego. Fernando Pessoa

Ella no era de aquí…

¿Es posible enamorarse de una mujer descrita en un breve texto? ¿Será todo enamoramiento la persecución de un fantasma, de un ideal personal que uno proyecta sobre un ser que se cruza en un determinado momento en nuestro camino? ¿Tendría razón Machado cuando decía: “No prueba nada/contra el amor que la amada/no haya existido jamás…”?

Ella no era de aquí…

No la vi más que dos veces. Es poco. Pero lo extraordinario no se mide en términos de tiempo. Fui conquistado de entrada por su aire de ausencia y de extrañamiento, sus susurros (no hablaba), sus gestos inseguros, sus miradas que no se adherían a los seres ni a las cosas, su aspecto de espectro encantador. «¿Quién es usted? ¿De dónde viene?», eran las preguntas que deseaba uno hacerle a bocajarro. Mas ella no hubiera podido responder: hasta ese punto se confundía con su misterio o le repugnaba traicionarlo. Nadie sabrá nunca cómo lograba respirar, a causa de qué extravío cedía al prestigio del aliento, ni qué es lo que buscaba entre nosotros. Lo único cierto es que ella no era de aquí y que compartía nuestra degradación únicamente por urbanidad o curiosidad mórbida. Sólo los ángeles o los incurables pueden inspirar un sentimiento análogo al que se experimentaba en su presencia. Fascinación, malestar sobrenatural…

En el mismo instante en que la vi por primera vez, me enamoré de su timidez, una timidez única, inolvidable, que le daba la apariencia de una vestal agotada al servicio de un dios clandestino, o de una mística devastada por la nostalgia o el abuso del éxtasis, definitivamente incapaz de volver a las evidencias.

Abrumada de bienes, colmada socialmente, parecía sin embargo destituida de todo, en el umbral de una mendicidad ideal, consagrada a murmurar su indigencia en el seno de lo imperceptible. De hecho, ¿qué podía poseer y proferir cuando el silencio le servía de alma y la perplejidad de universo? ¿No evocaba acaso esas criaturas de luz lunar de las que habla Rozanov? Cuanto más se pensaba en ella, menos propenso se era a considerarla según los gustos y los puntos de vista de la época. Un género inactual de maldición pesaba sobre ella. Por fortuna, hasta su encanto formaba parte del pasado. Debió haber nacido en otro lugar y en otro siglo, en medio de las landas de Haworth, en la niebla y la desolación, al lado de las hermanas Brönte…

Quien supiera descifrar los rostros podría haber leído fácilmente en el suyo que no estaba condenada a durar, que la pesadilla de los años le sería ahorrada. Parecía, viva, tan poco cómplice de la vida, que uno no podía mirarla sin pensar que nunca más la volvería a ver. El adiós era la ley de su naturaleza, el signo de su predestinación y de su paso por la Tierra; de ahí que lo utilizase como un nimbo, en absoluto por indiscreción, sino por solidaridad con lo invisible.

Ejercicios de admiración. Emil Cioran

sábado, 18 de agosto de 2007

Crónica de un entierro

El difunto abandonó el valle de lágrimas tras cinco días agonizando. Según los médicos, gracias a la morfina y demás sedantes el hombre no se enteró de su sufrimiento ni padeció dolor aunque un jadeo entrecortado e incesante le acompañó sin tregua durante esas largas jornadas. En los últimos días se podían apreciar en sus ojos, siempre entreabiertos, los surcos rojizos de las venas, esa especie de agrietamiento que se dibuja en los glóbulos oculares a causa del esfuerzo y el cansancio. A pesar de los ruegos e insinuaciones, más o menos veladas, a los galenos para que el tránsito, desenlace inconcuso e inevitable, no se demorase inútilmente provocando una aflicción mayor a la usual en estos casos, hubo que aguardar al agotamiento y consunción finales.

Algún día el hombre se tornará racional, lúcido, generoso y consecuente, mirará su condición de mortal cara a cara y se hará cargo de ella, permitirá, entonces, que aquellos de sus congéneres que deseen una buena muerte puedan tenerla. Algún día.

Siguiente etapa del proceso: el velatorio. Uno no es muy partidario de los velatorios. Creo que deberían estar limitados a los familiares y amigos más próximos y no convertirse, como sucede con frecuencia, en una bullanga irrespetuosa con el dolor ajeno, en un jolgorio donde lo de menos es el muerto. En una de las escasas oportunidades en que no he podido hurtar mi asistencia a uno de estos saraos, alguien confesó haber montado una timba con licores y todo con ocasión de otro de estos luctuosos acontecimientos. Comentaba el hombre, en un tono natural, sin ironía ni ánimo de burla: “claro, ¿y qué íbamos a hacer?”, acaso fuese un póstumo y peculiar homenaje a un compañero de francachelas, ¿quién sabe? Se siguió la costumbre y se pasó el trámite sin nada que reseñar.

Llegó el ansiado momento del entierro. Después de cinco días en el hospital y de día y medio en el velatorio, los deudos estaban anhelando que todo concluyese para lograr un merecido reposo, físico y mental. La ceremonia religiosa se desarrolló con normalidad. Es el momento de dar sepultura al cadáver. Se traslada el ataúd desde la iglesia al cementerio contiguo. Antes de introducirlo en el nicho, el sacerdote, provisto del hisopo de rigor, oficia los últimos responsos. Al lado de la caja, con los adminículos correspondientes, el sepulturero aguarda el término del oficio para proceder con su labor. Primera rocíada hisópica del párroco que, describiendo una amplia parábola, humedece por igual con el bendito elemento al enterrador y al féretro. Uno, que observa la escena de cerca, difícilmente puede reprimir una sonrisa al ver la cara de asombro y perplejidad que le queda al regado operario cuyo caletre debe de estar ocupado en esos momentos con el siguiente dilema: “éste, ¿lo ha hecho a posta o es que no me habrá visto?” Segunda aspersión sacra y nuestro héroe, pese a esbozar una finta para eludir la lluvia divina, vuelve a empaparse de bendición ante la impertérrita mirada del ministro del Señor.

La vida parece que a veces se empecina en amalgamar lo lúgubre con lo grotesco, en combinar la risa con el llanto, la tragedia con la comedia en un mismo acto para así mantenernos mejor uncidos a su yugo. Da la casualidad de que el hombre que representaba su última función atesoraba un carácter afable, simpático, siempre risueño y dispuesto a la chanza inocente, sin maldad, a pesar de la precaria salud que arrostró toda su vida. Creo que consideraría esta última anécdota como condigna de su temperamento, un buen mutis, un último guiño antes de abandonar definitivamente el escenario. Su hijo no heredó estas cualidades suyas.