sábado, 8 de septiembre de 2007

Barón d'Holbach

Citado ─si se cita─ como uno más entre los satélites de las vedettes filosóficas de la Ilustración, Paul Henri Dietrich, Barón d'Holbach, es uno de los más insignes y preclaros confutadores de las imposturas, de las creencias y los desmanes de la religión, además de ser un eximio moralista. No es necesario precisar que sus libros fueron prohibidos en la época de su redacción, circulando en ediciones clandestinas. Hoy, lamentablemente, son bastante ignorados y de difícil acceso en román paladino. Dejo unos cuantos fragmentos de su obra.


Mil veces se ha visto en todas las partes de nuestro globo a fanáticos embriagados degollarse unos a otros, encender hogueras, cometer sin escrúpulo y por deber los mayores crímenes y hacer correr la sangre humana. ¿Para qué? Para hacer valer, mantener o propagar las conjeturas impertinentes de algunos entusiastas, o para acreditar los embustes de algunos impostores acerca de un ser que sólo existe en su imaginación y que sólo se da a conocer por los estragos, disputas y locuras que ha causado en la tierra.


Todo lo que sucede en el mundo nos prueba de la manera más clara que no está gobernado por un ser inteligente.


El sentimiento íntimo que nos hace creer que somos libres de hacer o no hacer una cosa no es más que una pura ilusión.


La vanidad del hombre le persuade de que es el centro único del universo; se hace un mundo y un Dios para él solo; se ve con bastante motivo para desordenar a su gusto la naturaleza, pero razona como ateo en cuanto se trata de los demás animales.


Es lo propio de la ignorancia preferir lo desconocido, lo oculto, lo fabuloso, lo maravilloso, lo increíble, lo terrible incluso, a lo que es claro, sencillo y verdadero.


Si los ministros de la Iglesia han permitido a menudo a los pueblos rebelarse por la causa del cielo, jamás les permitieron rebelarse por los males reales o las violencias conocidas.


Siempre es el carácter del hombre el que decide el carácter de su Dios; cada cual se fabrica uno para sí mismo y según él mismo.


Que esté permitido a cada uno pensar como quiera; pero que nunca le esté permitido perjudicar a nadie por su manera de pensar.


La existencia de otra vida sólo tiene por garante la imaginación de los hombres, que, suponiéndola, no hacen más que realizar el deseo de sobrevivirse a sí mismos, a fin de disfrutar con ello de una felicidad más duradera y pura de la que disfrutan en el presente.


Se pregunta qué motivos puede tener un ateo para hacer el bien. Puede tener el motivo de agradarse a sí mismo, de agradar a sus semejantes, de vivir feliz y tranquilo; de hacerse amar y considerar por los hombres, cuya existencia y disposiciones son mucho más seguras y más conocidas que las de un ser imposible de conocer.

El buen sentido o las ideas naturales opuestas a las sobrenaturales. Barón d'Holbach.

Saetas, breves decires, delirios al por menor. Serie Segunda


Cuando desperté el dinosaurio todavía estaba ahí. Este cuento [sic] de Augusto Monterroso es a la literatura lo que el "cuadro" de Malevich Cuadrado negro sobre fondo blanco a la pintura o el engendro, también motejado de readymade, Rueda de bibicleta de Duchamp a la escultura, una tomadura de pelo.


La malenconía y la melarquía son más melancólicas que la melancolía.


Iglesia Católica: la particular y, por lo que parece, imperecedera plaga otorgada por el Señor en su munificencia a Carpetovetonia, institución ésta de la cual, por cierto, siempre han estado muy ufanos una parte importante de los carpetovetones.


La obsesiva manía contemporánea por aprovechar el tiempo, por emprender una miríada de cosas, por estar siempre ocupado, es típica de quien no tiene nada propio que llevar a cabo.


Las personas que poseen una alta, como así la llaman, autoestima, son para mí totalmente incomprensibles.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Hadewijch de Amberes

De la mística flamenca del siglo XIII, Hadewijch de Amberes, que escribió como nadie sobre el amor.

Por tristes que estén la estación y los pajarillos,
no debe estarlo el corazón noble.
Pero quien quiera afrontar los trabajos de Amor
de Él sólo tendrá que aprender
─
dulzura y crueldad,
alegría y dolor
─
lo que hay que probar en el servicio de Amor.

Las almas elevadas que en Amor crecieron,
capaces de amar en la insatisfacción,
deben ser siempre
fuertes y atrevidas,
dispuestas de continuo a aceptar
el consuelo o la aflicción
que Amor les reserve.

Los caminos del Amor son inauditos,
como bien sabe quien pretende seguirlos;
turban de repente al corazón resuelto,
el que ama no puede encontrar constancia.
Aquel a quien Amor
toca en el fondo del alma
conocerá muchas horas desoladas.

Tan pronto ardiente, tan pronto frío,
tan pronto tímido, tan pronto audaz;
muchos son los caprichos del Amor.
Pero a cada momento nos recuerda
nuestra inmensa deuda
con su elevado poder
que nos atrae y nos reclama para Él solo.

Tan pronto gracioso, tan pronto terrible,
próximo ahora, lejano después;
para quien le conoce y en él confía,
esto mismo es el gozo supremo.
¡Cómo Amor abraza y golpea a la vez!

Tan pronto humillado, tan pronto exaltado,
oculto ahora, revelado después;
para ser colmada por Amor un día
hay que correr riesgos y aventuras
hasta alcanzar
el punto en que se degusta
la pura esencia de Amor.

Tan pronto ligero, tan pronto pesado,
oscuro ahora, claro después;
en la dulce paz, en la asfixiante angustia
dando y recibiendo,
ésa es la vida de aquellos
que se pierden
en los caminos de Amor.

Poemas. Hadewijch de Amberes

lunes, 3 de septiembre de 2007

Velada en Utopía

Aunque era una de esas noches cálidas y apacibles de finales de verano, los comienzos fueron algo fríos. Éramos tres: mi amigo de siempre, una amiga suya y uno. Hablar de mi relación con este amigo sería una tarea compleja y prolija, baste decir que, aparte de familiares, es la única persona con la que mantengo voluntariamente contacto asiduo desde que era un adolescente y creo que este trato perdurará hasta que a alguno de los dos le llegue el momento del sic transit. Mientras nos desplazábamos hacia la ciudad, intentamos tímidamente esbozar alguna conversación pero estos intentos finalizaban casi al mismo momento de surgir y uno ya daba rienda suelta al cenizo protestón impaciente que lleva dentro, rumiaba: “ya lo sabía yo, esto ha sido un error”.

Antes de entrar en el restaurante, como aún no era la hora convenida en la reserva, decidimos ir a tomar algo a un bar situado en los aledaños. Quiso la casualidad que en dicho bar a esas horas se iba a perpetrar un concierto de música rock. Nosotros estábamos ubicados en una mesa al final del local y los intérpretes, al vernos tan alejados, decidieron subir los decibelios para que pudiésemos apreciar su arte en todo su esplendor, haciendo imposible cualquier conversación entre personas que estaban a treinta centímetros una de otra. Esta situación se nos reveló pronto como bastante cómica y, en lo que a uno respecta, le mejoró su predisposición. Aprovechaba los breves intervalos entre canción y canción para realizar cualquier comentario que había estado madurando durante las “virtuosas” ejecuciones ─nunca mejor empleado este término─ de los músicos, en el transcurso de las cuales, nos mirábamos unos a otros riéndonos ya que era lo único que podíamos hacer.

Arribamos a Utopía, el restaurante. Es un lugar confortable, con una decoración sobria y acogedora. El suelo está conformado por unas losas transparentes en cuyo fondo están dispuestas unas piedras blancas como cantos rodados sobre una superficie de grava también blanca. Si uno va mirando al suelo mientras camina parece que estuviese flotando y cada paso semeja el descenso de un peldaño hacia ese albino fondo pétreo. Entre las mesas hay unas mamparas de cristal que permiten a los comensales verse unos a otros y al mismo tiempo aíslan las conversaciones. Al principio el peso de la conversación recayó en uno que, como su amigo, es poco locuaz. A veces, cuando nos vamos de tertulia con unas cervezas de por medio, nos quedamos los dos abismados en nuestras cavilaciones como dos figuras marmóreas, inmóviles y estamos varios segundos o minutos ─se pierde la noción del tiempo en esos instantes─ sin decir palabra y es con la única persona con la que ese silencio no es oneroso, opresivo y no es preciso romperlo diciendo “cualquier tontería por no estar callado”, debemos de parecer a los circunstantes, en esas ocasiones, dos alelados, un par de estatuas decorativas del local. Como decía, empezó uno hablando y surgieron varios temas, fueron cayendo: Dios (en realidad, para mí este Señor ya está caído desde hace unos siglos pero me complazco en evidenciar el absurdo de esta creencia siempre que encuentro a alguien tibio en este tema), optimismo vs pesimismo (huelga decir en qué bando combatieron mis legiones), egoísmo y altruismo, Machado y algunos otros de menor ralea y de recorrido más mundano. Pocas son las oportunidades que uno tiene de mantener conversaciones de este tipo, sobre todo con mujeres, y con mujeres tan inteligentes y sensibles como C., la amiga de mi amigo.

Después de la cena, nos introdujimos en uno de esos antros ya raramente frecuentados por uno con música a todo volumen y gente que se mueve como si estuviesen celebrando un rito de vudú o una sesión de candomblé con increíbles contorsiones y fantásticas cabriolas. Decir que uno no es precisamente un bailón sería demasiado indulgente para con uno mismo, para esas lides uno tiene la cintura de escayola y la coordinación de un pato mareado y, aunque eso no le importaba cuando era más joven, ya no. A pesar de las insistentes, amables y tentadoras invitaciones, perseveré en mi recalcitrante inmovilismo componiendo una figura tristona y lastimera en medio de la algarabía generalizada. Entre samba, chachachá, merengue, los más variados ritmos modernos y después de realizados unos cuantos volatines, algún grupo de piruetas y acrobacias varias, el amigo y C. venían a mi encuentro a pegar un poco la hebra conscientes de mi tendencia al escapismo, por si me fugaba en un descuido lo que hubiera sido injusto y poco elegante por mi parte. Así se me pasó la noche sin enterarme.

C. es una persona muy sensible, con la ternura a flor de piel y una permanente sonrisa dibujada en los labios que no es de atrezzo, como tantas otras. Yo creo que tiene cierta tendencia al esoterismo misticoide, dice poseer un don sensitivo para captar el interior, el aura de las personas, en términos budistas hablaríamos del karma, todo lo que está a la vista pero no vemos, acaso por no tener suficientemente desarrolladas las aptitudes que nos franquearían las puertas de esos recónditos saberes, lo intangible, más sustancial a veces que lo corpóreo, es decir, C. es una experta en la realidad invisible. Apoyándose en esas arcanas capacidades suyas, ha vaticinado, como si de una sibila antigua se tratase y como si nos encontrásemos en la escena final de Casablanca: “F., esto puede ser el principio de una gran amistad”. Abandono por un momento la literatura por el periodismo para confesar que, en realidad, sus declaraciones fueron: “tú y yo vamos a ser amigos”. A uno le encantaría que su augurio fuese acertado.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Niña morena y ágil...

Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos
y tu boca que tiene la sonrisa del agua.

Un sol negro y ansioso se te arrolla en las hebras
de la negra melena, cuando estiras los brazos.
Tú juegas con el sol como con un estero
y él te deja en los ojos dos oscuros remansos.

Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca.
Todo de ti me aleja, como del mediodía.
Eres la delirante juventud de la abeja,
la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.

Mi corazón sombrío te busca, sin embargo,
y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
Mariposa morena dulce y definitiva
como el trigal y el sol, la amapola y el agua.

Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda

Retrato de un amigo virtual

Pese a no tener más que treinta años, A. lo ha leído todo, lo ha escuchado todo, lo ha visto todo. Es sobre todo en la disciplina auspiciada por Euterpe donde su dominio es muy amplio abarcando desde la música popular en los más variados estilos, naciones y épocas hasta la música culta contemporánea, que para uno es impenetrable. Es una de esas raras personas que sabe transmitir sus conocimientos con precisión y entusiasmo, de una manera un tanto ampulosa en ocasiones, pero siempre con gracia ─al fin y al cabo es oriundo de Al-Andalus─ nunca desde la impostación, contagiando su pasión al receptor de los mismos y provocando en él una inquietud por acceder a esos ignotos tesoros.

Uno ha intentado, a propósito de tal escritor o de tal libro de circulación y prestigio más reducido y minoritario, sorprenderle en una carencia, descubrirle alguna laguna en su polimorfa erudición para darse un poco de pisto ante él, tratando de mostrarse como un “entendido en la materia” siendo, en realidad, un archipámpano de la nada. Todos mis intentos devienen fútiles, no sólo conocerá las obras y los autores, algunos de ellos en sus idiomas originales o en ediciones en otras lenguas ya que domina varias, sino que podrá disertar sobre ellos descubriendo facetas y aspectos en los que uno no había reparado, enriqueciendo el goce de estas lecturas. Los débitos contraídos con él son ya numerosos y seguro que irán aumentando aunque nunca podré saldar esa deuda.

Sólo conozco su aspecto por fotografías pero, como estamos en La realidad invisible, no nos interesa describir las máscaras carnales ni las envolturas somáticas. Los territorios susceptibles de exploración aquí son los pensamientos, los ideales, los delirios del alma, las peripecias del espíritu y, sobre todo, los sentimientos. Su trato personal es cómodo, de talante afable pero respetuoso, no irrumpe en estancias demasiado privadas sin ser invitado, quizás porque él tampoco soporta que los demás lo hagan con su persona. Dotado para el ágora y el contacto humano más ligero, es uno de esos escasos seres que combina esta cualidad mundana con la propensión al abismo interior. Cultiva el yo pero no desdeña el mundo.

Algunas veces parece circundarle una calígine que le ateza el alma, una melarquía que le penetra desde lo hondo, no sé si a causa de esa “soledad central devastadora que me habita en la vida cotidiana”, como él mismo confiesa. Intuyo que es uno de esos sentimentales doloridos con el mundo. Esta peculiaridad anímica suya es la que me lleva a considerarle un espíritu fraterno.

viernes, 31 de agosto de 2007

Breviario del caos. Fragmento

Somos ya demasiado numerosos para vivir, para vivir no como insectos, sino como hombres; multiplicamos los desiertos a fuerza de agotar el suelo, nuestros ríos no son más que sentinas y el océano entra a su vez en agonía, pero la fe, la moral, el orden y el interés material se unen para condenarnos a ser tribu: a las religiones les hacen falta los fieles, a las naciones los defensores, a los industriales los consumidores, es decir, que hacen falta niños para todo el mundo, sin importar en qué se conviertan de adultos. Se nos empuja por el lomo al encuentro de la catástrofe y no podemos mantener nuestros fundamentos salvo yendo a la muerte, jamás se ha visto paradoja más trágica, jamás se ha visto absurdo más manifiesto, jamás la prueba de que este universo es una creación del azar, la vida un epifenómeno, y el hombre un accidente, ha recibido mayor confirmación general. No hemos tenido nunca un Padre en el Cielo, somos huérfanos, nos toca a nosotros comprenderlo, a nosotros volvernos mayores, a nosotros rechazar la obediencia a aquellos que nos engañan e inmolar a aquellos que nos consagran al abismo, pues nadie nos redimirá si no nos salvamos a nosotros mismos.


Breviario del caos. Albert Caraco