domingo, 30 de septiembre de 2007

Sofía y el desencantador

Subí al autobús en la parada acostumbrada. El vehículo estaba casi vacío, sólo viajaba una pareja, sentada en las filas centrales de asientos. Formaban un dúo extraño pero armónico: él era joven todavía, sin embargo en su aspecto había un vislumbre de fatiga, un cansancio que no parecía tener su origen en la extenuación física sino en una sobrecarga anímica, parecía portar un alma vieja, demasiado gravosa para su cuerpo; ella estaba en plena madurez, tenía esa belleza que alcanzan algunas mujeres pocas cuando rebasan la primera juventud y su adentro y su afuera parecen estar en perfecto equilibrio, toda su persona desprendía frescor, lozanía, dominio, plenitud, calma. Si tuviera que elegir el paradigma de la perfección humana, me decantaría por una mujer de este jaez.

Siempre que me encuentro con algo dotado de gracia uno tiene tendencia a la gravedad, de espíritu, me detengo a observarlo por el mero placer de la contemplación: la mirada curiosa e inocente de un niño, un artesano ejerciendo con destreza su oficio, un jardín reducido pero cuidado con esmero o, como en este caso, un hombre y una mujer en conjunción afortunada. Estaban tan absortos el uno en el otro que no se percataron de mi presencia cuando pasé a su lado por el pasillo central que dividía las filas de asientos. Me senté detrás de ellos pero a poca distancia para poder contemplarles a mi gusto.

Iban a iniciar una conversación. Una de las cosas más censurables en el hombre es, para mí, la curiosidad mórbida por las vidas ajenas, ese afán por conocer los detalles privados, personales, si son escabrosos mejor, en el fondo triviales, de nuestros semejantes, toda esa materia impura que conforma la borra de la vida a la que ninguna persona se escapa, la quincallería consuetudinaria: el estado de nuestros pegujales, nuestras costumbres higiénicas, si viajamos mucho o poco o nada, a quién otorgamos los placeres del tacto y quién nos los otorga, si estamos saludables o achacosos… Ya me disponía a levantarme e ir hacia el fondo del autobús para no traicionar su intimidad cuando me percaté de que los primeros giros del diálogo auguraban una charla nada convencional, un intercambio de reflexiones generales entre dos personas de cierta inteligencia y discreción. Transcribo a continuación, de manera aproximada, el diálogo mantenido por el desencantador le llamo así porque su nombre no fue pronunciado durante la conversación y Sofía.

Desencantador: … yo también puedo apreciar los encantos de la vida, no te creas, sólo que hay una tendencia innata en mí a demorarme en el lado más devastado de lo cotidiano, yo veo eriales en donde otros ven oasis porque no pueden reparar en ellos, están adormecidos por la costumbre, víctimas de la sabiduría convencional; es como en el cuadro de Münch, yo oigo los gritos de la gente, percibo en sus rostros la frustración de los que han comprendido y el vacío de los que ignoran.

Sofía: Umm… tendencias innatas, yo no estaría tan segura. A ti lo que te ocurre es que estás inserto en una espiral de pensamientos negativos que obturan tus percepciones o, si quieres, te las tamizan de tal forma que siempre van a parar a ese cenagal en el que tanto, reconócelo, te gusta chapotear. Quizás hayas nacido con esa propensión pero estimo que te regocijas excesivamente en ella, te complaces en esa actitud sin explorar otras sendas, alimentando una hoguera en cuya proximidad te sientes cómodo.

D: Permíteme que libere por un momento al pedante impertinente que siempre me acompaña para decirte que la expresión: “espiral de pensamientos negativos”, en apariencia ocurrente, no es demasiado acertada, es un híbrido entre lo docto y lo coloquial que no se ajusta a la realidad que pretende expresar. Para definir los abismos internos no hay otra opción que recurrir al lenguaje poético para alcanzar la precisión y la elocuencia. Yo creo que estoy habitado por el desencanto, un desencanto inveterado al que no logro cifrar un origen, de ahí lo de las tendencias innatas. Por lo demás, puede que estés en lo cierto, sin embargo te olvidas de las contrapartidas del desencanto, de los “prestigios de la melancolía”.

S: Seguramente te ha aportado mucho tu “desencanto” pero para poder apreciar sus supuestos beneficios en toda su amplitud, deberías contrastarlo, confrontarlo con la otra parte: la alegría de la desinhibición, la participación despreocupada en los modestos placeres terrenales, soltar las riendas de la conciencia de vez en cuando, mantener estabulado a tu hipertrofiado superyó, atreverte a ser feliz. Si lo intentases en serio, acaso mejoraría tu capacidad para desenvolverte en los “trajines de costumbre” como tú los llamas y abandonarías la queja perpetua y lastimera sobre tu incompetencia vital. Ya veo que te sonríes, no tienes remedio.

D: No te enfades Sofía. He crecido a la contra, apartado del calor humano aunque físicamente siempre haya habido personas en torno mío. Esto me ha hecho transitar otros ámbitos, más fríos, despoblados, la lucidez no se adquiere en el abandono y la entrega inconsciente sino en el dolor. He tenido que inventarme mi mundo porque el que habito no me gusta: lo mío es el sueño y la especulación, lo real visible sólo como pretexto y materia prima para el juego de dentro. Acaso tú también seas una invención mía, una parte de mi representación que cuando yo acabé desaparecerá, sé que el mundo terminará conmigo.

S: Yo también he leído a Schopenhauer, no reduzcas su pensamiento a unas fórmulas tan burdas. Creo que esta conversación me está empezando a cansar.

D: Tienes razón, en otro momento seguiré tratando de desencantarte, de, en palabras de Baudelaire: “inocularte mi veneno, hermana”, la nihilina galaica y tú espero que prosigas en tu empeño de redimirme de mi incompetencia vital. Pero sabes que nunca daré un rotundo sí.

Sofía esbozó un gesto de indiferencia, como si no hubiera oído esta última frase, reposó su cabeza en el hombro desencantado y se arrebujó contra él. No fue rechazada.

En ese momento el autobús hizo una parada, pese a que no era la mía, me bajé un poco avergonzado por mi indiscreción y al mismo tiempo dichoso por haber sido testigo de esta escena. He meditado durante largo tiempo si era conveniente reseñar este acontecimiento en este cuaderno sin lomo ni cubiertas, compuesto de páginas sin papel y letras no fijadas con tinta, donde me oculto mostrándome. Creo que, aun sin saberlo, Sofía y el desencantador escenificaron ese diálogo para que uno, a su manera torpe y perfunctoria, lo consignara aquí, tratando de evitar que esta ínfima porción de la realidad se diluyese del todo para siempre. En fin, bagatelas de otoño que diría Baroja.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La canción del baile

En respuesta a una persona discreta y encantadora, generadora de interrogantes y provocadora de reflexiones que, conociendo mi debilidad por Nietzsche, me preguntó si éste sabía expresar la verdad con un cuento. Por cierto, él se empeñó como pocos en demoler las verdades establecidas en su época, en hacer una “transvaloración de todos los valores” aceptados dejándonos, de este modo, horros para construir nuestras propias “verdades”, pergeñar nuestros propios autoengaños creativos (con esto contesto a otra cuestión planteada por mi querida contradictora). Es en su tarea de construcción en la que uno no siempre puede acompañarle.

La canción del baile

Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando una fuente he aquí que llegó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamente rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las muchachas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras:

«¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha llegado a vosotras, con mirada malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas.

Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espíritu de la pesadez. ¿Cómo habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos tobillos?

Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las muchachas: junto al pozo está tendido, quieto, con los ojos cerrados.

¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas?

¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará ciertamente y llorará, - ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora!

Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mismo quiero cantar una canción para su baile:

Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pesadez, mi supremo y más poderoso diablo, del que ellos dicen que es “el señor de este mundo”»

Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban juntos:

En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida! Y en lo insondable me pareció hundirme.

Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlonamente te reíste cuando te llamé insondable.

«Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es insondable.

Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa:

Aunque para vosotros los varones me llame ‘la profunda’, o ‘la fiel’, ‘la eterna’, ‘la llena de misterio’.

Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias virtudes - ¡ay, vosotros virtuosos!»

Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma.

Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo encolerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso alabas tú la vida!»

A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría.

Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida - ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!

Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo demasiado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida!

Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto?

Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabiduría!

Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes.

¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en su cebo.

Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los labios y peinarse a contrapelo.

Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabalmente cuando habla mal de sí es cuando más seduce.»

Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás hablando?, dijo, ¿sin duda de mí?

Y aunque tuvieras razón, - ¡decirme eso así a la cara! Pero ahora habla también de tu sabiduría.»

¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció hundirme allí de nuevo. -

Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las muchachas se hubieron ido de allí sintióse triste.

«Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques llega frío.

Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía? -

Ay, amigos míos, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza!

El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»

Así habló Zaratustra.

Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Saetas, breves decires, delirios al por menor. Serie Tercera

Me gusta esta sentencia capicúa: nada importa nada.


El eterno retorno de lo idéntico: esa especie de inmortalidad para ateos sin anclaje alguno en el mundo real donde el eremita de Sils-María incurre en el mismo tipo de superchería que tanto y tan bien se esforzó en evidenciar.


“Soy un místico y no creo en nada.” Gustave Flaubert. Difícil encontrar una autodefinición más certera.


Nietzsche es sublime cuando derriba, inaceptable cuando construye.


Usted es partidario del nihilismo.
No, yo no creo en eso.


Posible epitafio: “Quiso vivir. Raramente lo logró. Eso fue todo.”

sábado, 15 de septiembre de 2007

La voz a ti debida

Ahí, detrás de la risa,
ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocación,
a ti, la momentánea
cautiva de lo fácil.
"¡Qué alegre!", dicen todos.
Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo
miedo a perderte, así.

Te sigo. Espero. Sé
que cuando no te miren
túneles ni luceros,
cuando se crea el mundo
que ya sabe quien eres
y diga: "Sí, ya sé",
tú te desatarás,
con los brazos en alto,
por detrás de tu pelo,
la lazada, mirándome.
Sin ruido de cristal
se caerá por el suelo,
ingrávida careta
inútil ya, la risa.
Y al verte en el amor
que yo te tiendo siempre
como un espejo ardiendo,
tú reconocerás
un rostro serio, grave,
una desconocida
alta, pálida y triste,
que es mi amada. Y me quiere
por detrás de la risa.

La voz a ti debida. Pedro Salinas

Discurso sobre la muerte voluntaria

Un texto de Jean Améry sobre el suicidio o muerte voluntaria, como a él le gustaba denominarla. Era alguien que sabía muy bien de lo que hablaba.

Quien considere la idea de la muerte voluntaria, siquiera sea por algunos momentos o por puro ánimo de distracción, se sorprenderá del obstinado interés de la sociedad por la suerte final de quien lo intenta. Se trata de la misma sociedad que se ha ocupado bien poco de su ser y de su existencia. Se hace estallar una guerra: le llamará a filas y le ordenarán mantenerse firme en medio de sangre y hierro. Le ha quitado el trabajo después de haberlo educado para él: ahora está en el paro, se le paga con limosnas que consume, consumiéndose a sí mismo con ellas. Cae enfermo: sólo que desgraciadamente hay tan pocas camas de hospital disponibles, escasean los valiosos medicamentos, y el más valioso de todos, la habitación individual, no está a su disposición. Sólo ahora, cuando desea ceder ante la inclinación a la muerte, cuando ya no está dispuesto a oponerse al hastío del ser, cuando la dignidad y la humanidad le exigen concluir el asunto limpiamente y llevar a cabo lo que en cualquier caso tendrá que hacer algún día, desaparecer, solamente ahora la sociedad se comporta como si él fuera su bien más preciado, lo rodea de horrenda parafernalia técnica y lo entrega a la repulsiva ambición profesional de los médicos, que pondrán después su “salvación” en el haber de su cuenta profesional, como los cazadores cuando recorren la distancia de tiro del animal abatido. Piensan que lo han arrancado a la muerte, y se conducen como deportistas que han conseguido una marca extraordinaria.

Todo esto me parece muy poco normal. Quiero decir: por un lado la fría indiferencia que muestra la sociedad respecto al ser humano, y por otro la cálida preocupación por él cuando se dispone a abandonar voluntariamente la sociedad de los vivos ¿Acaso les pertenece?

Levantar la mano sobre uno mismo: discurso sobre la muerte voluntaria. Jean Améry

jueves, 13 de septiembre de 2007

El buril de Cronos

Nunca fuerzo el ósculo en las refriegas primigenias, sobre todo si se trata de doncellas, esto debe usted tenerlo muy en cuenta F.” Conocí en otro tiempo a un singular individuo del que nunca supe su nombre ni su residencia, si tenía familia o a qué se dedicaba para procurarse la pitanza. Siempre iba vestido de negro, “las personas elegantes no deberían emplear otro matiz cromático en su aliño indumentario”, en invierno nunca apeaba su sempiterna y rozagante capa hasta los tobillos lo que unido a su figura aplomada, rectilínea, majestuosa y a la ausencia de precipitación en cualquiera de sus actos le confería a toda su persona una peculiar apostura, una cachaza intempestiva digna de otra época menos atropellada que la nuestra. Podría pasar por un bohemio de principios del siglo XX, pero sin cochambre ni miseria. Un perdis impoluto y educado, como diría Kierkegaard, un donjuán anclado en la categoría de lo interesante.

Uno era muy joven, todo lo proveniente de él tenía el aura de lo “raro”, la distinción de lo brotado de un venero original e insobornable, sólo estaba pendiente del próximo encuentro, ávido de la siguiente confidencia que interpretaba como un auténtico privilegio, una deferencia inmerecida. “Le veo a usted siempre me trató de usted titubeante, oscilatorio, seguramente Cronos, empleando su insoslayable buril, terminará por pulirle esas impurezas, aunque esto siempre es incierto”. Soltaba estas parrafadas en tono solemne pero sin afectación, en otro las tildaríamos de infatuación, de impostada fachenda, en él no, eran naturales, sin sombra alguna de engolamiento ni vana pretenciosidad.

Un día, con esa avilantez e indiscreción propia de la bisoñez y la inocencia, le pregunté por qué vestía como lo hacía, qué le había conducido a vivir de ese modo, en definitiva, eso que nunca se debe de preguntar a nadie: por qué era así. Esbozó una media sonrisa, me miró sin asomo alguno de reproche ni impaciencia, dijo: “Verá usted F., yo soy un romántico, antes de que le explique en qué consiste eso, permítame hacerle un comentario acerca de los hombres. La vida en sociedad no es más que pura hipocresía, cálculo, prevención, vanidad. La gente es cobarde en su mayoría, no poseen la fortaleza ni el coraje suficiente para llevar a cabo sus sueños, se creen que viven, pero, como diría mi adorado Unamuno, sólo sueñan que viven y es mejor no despertarles. Únicamente unos cuantos osan vivir despiertos, han llegado a conocerse a sí mismos y no renuncian a desarrollar todas las capacidades alojadas en su interior, son los tildados de locos, excéntricos, “raritos” etc., suelen ser rehuidos, en ocasiones humillados, siempre orillados, marginados ya que son un recordatorio de la impotencia del hombre común. Bien, yo nací, mejor dicho me nacieron otra vez Unamuno─, a destiempo. Como usted no ignora, uno no elige dónde ni cuándo nace, tampoco el ambiente en que se cría, tan decisivo, todo en nosotros es puro fruto del azar aunque lo neguemos. Todo mi ser se rebela contra esta época lábil e inane, sin asideros, posmoderna como los mandarines hodiernos la nombran sin saber muy bien lo que eso significa, siempre seré un eterno insatisfecho, esta insatisfacción es el núcleo esencial del alma romántica. Creo que me hubiera sentido a gusto en la época del Romanticismo, ese gozne entre dos mundos. Los románticos históricos vislumbraron, algunos con notable precisión, a donde se dirigía la civilización occidental, al encadenamiento estúpido del hombre a sus propias creaciones, a una sumisión irracional a la tecnología maquinista de la que ya no podemos sustraernos. Mi aspecto externo, mi forma rebuscada de expresarme, con esos arcaísmos conscientes, mi negativa a inmolarme en cualquier “ocupación de provecho” son simplemente una forma de recordarme a mí mismo que yo no soy de aquí.” Fue la primera y última vez que me habló en ese tono.

Pasó el tiempo. No recuerdo ahora el motivo pero nuestros encuentros fueron menudeando, espaciándose. Las últimas veces que tuve oportunidad de verle, su figura antaño altanera y vertical comenzaba a declinar paulatinamente pero conservando todavía el destello de su antiguo esplendor. En cierta ocasión, después de una larga temporada sin vernos, me lo encontré paseando junto al mar, “ya estoy ahíto de requebrar a las dueñas, las doncellas quedaron atrás hace tiempo. Este céfiro pelágico, antaño vivificante, hogaño deletéreo... Ruar siempre la mismas estradas, cazcalear perpetuamente por los mismos bulevares, divisar continuamente la misma morralla con aspecto humano, genera tamo en el alma, usted debe saber esto F.” Nunca volví a saber de él. Cronos continúa su labor de buril.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Barón d'Holbach

Citado si se citacomo uno más entre los satélites de las vedettes filosóficas de la Ilustración, Paul Henri Dietrich, Barón d'Holbach, es uno de los más insignes y preclaros confutadores de las imposturas, de las creencias y los desmanes de la religión, además de ser un eximio moralista. No es necesario precisar que sus libros fueron prohibidos en la época de su redacción, circulando en ediciones clandestinas. Hoy, lamentablemente, son bastante ignorados y de difícil acceso en román paladino. Dejo unos cuantos fragmentos de su obra.


Mil veces se ha visto en todas las partes de nuestro globo a fanáticos embriagados degollarse unos a otros, encender hogueras, cometer sin escrúpulo y por deber los mayores crímenes y hacer correr la sangre humana. ¿Para qué? Para hacer valer, mantener o propagar las conjeturas impertinentes de algunos entusiastas, o para acreditar los embustes de algunos impostores acerca de un ser que sólo existe en su imaginación y que sólo se da a conocer por los estragos, disputas y locuras que ha causado en la tierra.


Todo lo que sucede en el mundo nos prueba de la manera más clara que no está gobernado por un ser inteligente.


El sentimiento íntimo que nos hace creer que somos libres de hacer o no hacer una cosa no es más que una pura ilusión.


La vanidad del hombre le persuade de que es el centro único del universo; se hace un mundo y un Dios para él solo; se ve con bastante motivo para desordenar a su gusto la naturaleza, pero razona como ateo en cuanto se trata de los demás animales.


Es lo propio de la ignorancia preferir lo desconocido, lo oculto, lo fabuloso, lo maravilloso, lo increíble, lo terrible incluso, a lo que es claro, sencillo y verdadero.


Si los ministros de la Iglesia han permitido a menudo a los pueblos rebelarse por la causa del cielo, jamás les permitieron rebelarse por los males reales o las violencias conocidas.


Siempre es el carácter del hombre el que decide el carácter de su Dios; cada cual se fabrica uno para sí mismo y según él mismo.


Que esté permitido a cada uno pensar como quiera; pero que nunca le esté permitido perjudicar a nadie por su manera de pensar.


La existencia de otra vida sólo tiene por garante la imaginación de los hombres, que, suponiéndola, no hacen más que realizar el deseo de sobrevivirse a sí mismos, a fin de disfrutar con ello de una felicidad más duradera y pura de la que disfrutan en el presente.


Se pregunta qué motivos puede tener un ateo para hacer el bien. Puede tener el motivo de agradarse a sí mismo, de agradar a sus semejantes, de vivir feliz y tranquilo; de hacerse amar y considerar por los hombres, cuya existencia y disposiciones son mucho más seguras y más conocidas que las de un ser imposible de conocer.

El buen sentido o las ideas naturales opuestas a las sobrenaturales. Barón d'Holbach.