sábado, 6 de octubre de 2007

Juan Boscán. Soneto

Quien dice que la ausencia causa olvido
merece ser de todos olvidado.
El verdadero y firme enamorado
está, cuando está ausente, más perdido.

Aviva la memoria su sentido;
la soledad levanta su cuidado;
hallarse de su bien tan apartado
hace su desear más encendido.

No sanan las heridas en él dadas,
aunque cese el mirar que las causó,
si quedan en el alma confirmadas.

Que si uno está con muchas cuchilladas,
porque huya de quien lo acuchilló,
no por eso serán mejor curadas.

Juan Boscán

Nuestros mayores y la educación

Vivo en una casa pequeña ubicada en las afueras de una ciudad mediana lo que supone una ventaja grande. La propiedad contiene una porción de terreno en su parte delantera donde suelen aparcarse dos o tres coches. Para facilitar la salida de los vehículos hay dispuesta una corta pero empinada rampa de cemento que desemboca en una carretera con cierta pendiente. La compensación de estas dos inclinaciones rampa y carretera, que están en oposición, provoca que en uno de los laterales de la cuesta de salida se forme una especie de poyo con una altura óptima para el asiento de una persona que, al mismo tiempo que queda a resguardo de la escasa circulación soportada por la carretera, no estorba el libre tránsito de los automóviles de la vivienda. La vía comunica con un polígono industrial de creación algo reciente y poco desarrollado todavía. Con escaso tráfico, sus calles son amplias, con buenas aceras, zonas ajardinadas con bancos y alguna que otra instalación deportiva. Todas estas circunstancias lo convierten en un destino atractivo para las personas mayores, que pueden ir a pasear por la zona con tranquilidad, sin estar preocupados de que algún desaprensivo cabalgando cuatro ruedas les pase por encima y sin tener que divisar un continuo desfile de chatarra motorizada.

Uno de estos días, fui a depositar unas bolsas de basura en los contenedores que se encuentran a unos diez metros de la salida de mi casa. En esa especie de asiento al que antes he hecho mención, se encontraba sentada una anciana tomándose un respiro antes de proseguir la caminata con un bastón situado a su izquierda. En el trayecto de ida hacia los contenedores me la encontré de espaldas, no le dije nada. Una vez dejado el cargamento me dispuse a volver hacia casa, esta vez ya me cruzaba con ella de frente por lo que, a pesar de no conocerla, le iba a saludar, un simple “hola” de cortesía. Me estaba acercando a su altura ya preparado para proferir el saludo cuando la mujer me dijo: “Señor, ¿le molesta que esté aquí sentada?”. No supe reaccionar en ese momento, ocioso es decir que la buena señora no causaba ninguna molestia allí sentada, me sorprendió tanto esa muestra de respeto en una persona tan mayor hacia alguien mucho más joven que ella, esa consciencia de que uno no está solo en el mundo y hay que tener en consideración al otro incluso en una cuestión tan banal y en cierto modo innecesaria como ésta que tardé un par de segundos en responderle, le contesté: “No molesta en absoluto, puede quedarse ahí todo el tiempo que quiera”.

Quizás la mujer sólo pretendía iniciar una breve conversación con la que pasar un poco el rato; quizás estas muestras de educación que he observado con bastante asiduidad en personas de cierta edad, incluidas aquellas que no han podido acceder a una educación letrada, sean consecuencia de haberse formado en una sociedad más cerrada que la nuestra, donde la subordinación al principio de autoridad era férrea e incontestable. En cualquier caso, a mí siempre me agradan y me admiran cuando soy testigo de ellas.

jueves, 4 de octubre de 2007

Verso de Ausias March

Verso de Ausias March encontrado casualmente en un suplemento cultural: “Qui no és trist, de mos dictats no cur” [“Quien no esté triste, que no se preocupe de mis escritos”]

lunes, 1 de octubre de 2007

Spleen


Yo soy como el monarca de un lluvioso país,
rico, pero impotente, joven, pero decrépito,
que huyendo de sus ayos que le hacen reverencias
se aburre con sus perros y demás animales.
Nada puede alegrarlo, ni capturas, ni halcones,
ni su pueblo que muere al pie de su balcón.
La grotesca balada del bufón favorito
ya no distrae la frente de este enfermo cruel;
su blasonado lecho, en tumba se convierte,
y las doncellas que hallan hermoso a cualquier príncipe,
no aciertan a encontrar la indumentaria impúdica
que obtenga una sonrisa del joven esqueleto.
El sabio que fabrica su oro, nunca ha podido
extirpar el humor que corrompe su ser,
y en los baños de sangre heredados de Roma
que, cuando ya son viejos los grandes recuperan,
no ha sabido templar ese torpe cadáver,
donde hay, en vez de sangre, verde agua del Leteo.

Las flores del mal. Charles Baudelaire

domingo, 30 de septiembre de 2007

Sofía y el desencantador

Subí al autobús en la parada acostumbrada. El vehículo estaba casi vacío, sólo viajaba una pareja, sentada en las filas centrales de asientos. Formaban un dúo extraño pero armónico: él era joven todavía, sin embargo en su aspecto había un vislumbre de fatiga, un cansancio que no parecía tener su origen en la extenuación física sino en una sobrecarga anímica, parecía portar un alma vieja, demasiado gravosa para su cuerpo; ella estaba en plena madurez, tenía esa belleza que alcanzan algunas mujeres pocas cuando rebasan la primera juventud y su adentro y su afuera parecen estar en perfecto equilibrio, toda su persona desprendía frescor, lozanía, dominio, plenitud, calma. Si tuviera que elegir el paradigma de la perfección humana, me decantaría por una mujer de este jaez.

Siempre que me encuentro con algo dotado de gracia uno tiene tendencia a la gravedad, de espíritu, me detengo a observarlo por el mero placer de la contemplación: la mirada curiosa e inocente de un niño, un artesano ejerciendo con destreza su oficio, un jardín reducido pero cuidado con esmero o, como en este caso, un hombre y una mujer en conjunción afortunada. Estaban tan absortos el uno en el otro que no se percataron de mi presencia cuando pasé a su lado por el pasillo central que dividía las filas de asientos. Me senté detrás de ellos pero a poca distancia para poder contemplarles a mi gusto.

Iban a iniciar una conversación. Una de las cosas más censurables en el hombre es, para mí, la curiosidad mórbida por las vidas ajenas, ese afán por conocer los detalles privados, personales, si son escabrosos mejor, en el fondo triviales, de nuestros semejantes, toda esa materia impura que conforma la borra de la vida a la que ninguna persona se escapa, la quincallería consuetudinaria: el estado de nuestros pegujales, nuestras costumbres higiénicas, si viajamos mucho o poco o nada, a quién otorgamos los placeres del tacto y quién nos los otorga, si estamos saludables o achacosos… Ya me disponía a levantarme e ir hacia el fondo del autobús para no traicionar su intimidad cuando me percaté de que los primeros giros del diálogo auguraban una charla nada convencional, un intercambio de reflexiones generales entre dos personas de cierta inteligencia y discreción. Transcribo a continuación, de manera aproximada, el diálogo mantenido por el desencantador le llamo así porque su nombre no fue pronunciado durante la conversación y Sofía.

Desencantador: … yo también puedo apreciar los encantos de la vida, no te creas, sólo que hay una tendencia innata en mí a demorarme en el lado más devastado de lo cotidiano, yo veo eriales en donde otros ven oasis porque no pueden reparar en ellos, están adormecidos por la costumbre, víctimas de la sabiduría convencional; es como en el cuadro de Münch, yo oigo los gritos de la gente, percibo en sus rostros la frustración de los que han comprendido y el vacío de los que ignoran.

Sofía: Umm… tendencias innatas, yo no estaría tan segura. A ti lo que te ocurre es que estás inserto en una espiral de pensamientos negativos que obturan tus percepciones o, si quieres, te las tamizan de tal forma que siempre van a parar a ese cenagal en el que tanto, reconócelo, te gusta chapotear. Quizás hayas nacido con esa propensión pero estimo que te regocijas excesivamente en ella, te complaces en esa actitud sin explorar otras sendas, alimentando una hoguera en cuya proximidad te sientes cómodo.

D: Permíteme que libere por un momento al pedante impertinente que siempre me acompaña para decirte que la expresión: “espiral de pensamientos negativos”, en apariencia ocurrente, no es demasiado acertada, es un híbrido entre lo docto y lo coloquial que no se ajusta a la realidad que pretende expresar. Para definir los abismos internos no hay otra opción que recurrir al lenguaje poético para alcanzar la precisión y la elocuencia. Yo creo que estoy habitado por el desencanto, un desencanto inveterado al que no logro cifrar un origen, de ahí lo de las tendencias innatas. Por lo demás, puede que estés en lo cierto, sin embargo te olvidas de las contrapartidas del desencanto, de los “prestigios de la melancolía”.

S: Seguramente te ha aportado mucho tu “desencanto” pero para poder apreciar sus supuestos beneficios en toda su amplitud, deberías contrastarlo, confrontarlo con la otra parte: la alegría de la desinhibición, la participación despreocupada en los modestos placeres terrenales, soltar las riendas de la conciencia de vez en cuando, mantener estabulado a tu hipertrofiado superyó, atreverte a ser feliz. Si lo intentases en serio, acaso mejoraría tu capacidad para desenvolverte en los “trajines de costumbre” como tú los llamas y abandonarías la queja perpetua y lastimera sobre tu incompetencia vital. Ya veo que te sonríes, no tienes remedio.

D: No te enfades Sofía. He crecido a la contra, apartado del calor humano aunque físicamente siempre haya habido personas en torno mío. Esto me ha hecho transitar otros ámbitos, más fríos, despoblados, la lucidez no se adquiere en el abandono y la entrega inconsciente sino en el dolor. He tenido que inventarme mi mundo porque el que habito no me gusta: lo mío es el sueño y la especulación, lo real visible sólo como pretexto y materia prima para el juego de dentro. Acaso tú también seas una invención mía, una parte de mi representación que cuando yo acabé desaparecerá, sé que el mundo terminará conmigo.

S: Yo también he leído a Schopenhauer, no reduzcas su pensamiento a unas fórmulas tan burdas. Creo que esta conversación me está empezando a cansar.

D: Tienes razón, en otro momento seguiré tratando de desencantarte, de, en palabras de Baudelaire: “inocularte mi veneno, hermana”, la nihilina galaica y tú espero que prosigas en tu empeño de redimirme de mi incompetencia vital. Pero sabes que nunca daré un rotundo sí.

Sofía esbozó un gesto de indiferencia, como si no hubiera oído esta última frase, reposó su cabeza en el hombro desencantado y se arrebujó contra él. No fue rechazada.

En ese momento el autobús hizo una parada, pese a que no era la mía, me bajé un poco avergonzado por mi indiscreción y al mismo tiempo dichoso por haber sido testigo de esta escena. He meditado durante largo tiempo si era conveniente reseñar este acontecimiento en este cuaderno sin lomo ni cubiertas, compuesto de páginas sin papel y letras no fijadas con tinta, donde me oculto mostrándome. Creo que, aun sin saberlo, Sofía y el desencantador escenificaron ese diálogo para que uno, a su manera torpe y perfunctoria, lo consignara aquí, tratando de evitar que esta ínfima porción de la realidad se diluyese del todo para siempre. En fin, bagatelas de otoño que diría Baroja.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La canción del baile

En respuesta a una persona discreta y encantadora, generadora de interrogantes y provocadora de reflexiones que, conociendo mi debilidad por Nietzsche, me preguntó si éste sabía expresar la verdad con un cuento. Por cierto, él se empeñó como pocos en demoler las verdades establecidas en su época, en hacer una “transvaloración de todos los valores” aceptados dejándonos, de este modo, horros para construir nuestras propias “verdades”, pergeñar nuestros propios autoengaños creativos (con esto contesto a otra cuestión planteada por mi querida contradictora). Es en su tarea de construcción en la que uno no siempre puede acompañarle.

La canción del baile

Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando una fuente he aquí que llegó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamente rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las muchachas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras:

«¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha llegado a vosotras, con mirada malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas.

Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espíritu de la pesadez. ¿Cómo habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos tobillos?

Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las muchachas: junto al pozo está tendido, quieto, con los ojos cerrados.

¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas?

¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará ciertamente y llorará, - ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora!

Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mismo quiero cantar una canción para su baile:

Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pesadez, mi supremo y más poderoso diablo, del que ellos dicen que es “el señor de este mundo”»

Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban juntos:

En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida! Y en lo insondable me pareció hundirme.

Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlonamente te reíste cuando te llamé insondable.

«Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es insondable.

Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa:

Aunque para vosotros los varones me llame ‘la profunda’, o ‘la fiel’, ‘la eterna’, ‘la llena de misterio’.

Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias virtudes - ¡ay, vosotros virtuosos!»

Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma.

Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo encolerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso alabas tú la vida!»

A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría.

Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida - ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!

Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo demasiado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida!

Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto?

Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabiduría!

Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes.

¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en su cebo.

Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los labios y peinarse a contrapelo.

Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabalmente cuando habla mal de sí es cuando más seduce.»

Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás hablando?, dijo, ¿sin duda de mí?

Y aunque tuvieras razón, - ¡decirme eso así a la cara! Pero ahora habla también de tu sabiduría.»

¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció hundirme allí de nuevo. -

Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las muchachas se hubieron ido de allí sintióse triste.

«Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques llega frío.

Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía? -

Ay, amigos míos, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza!

El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»

Así habló Zaratustra.

Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Saetas, breves decires, delirios al por menor. Serie Tercera

Me gusta esta sentencia capicúa: nada importa nada.


El eterno retorno de lo idéntico: esa especie de inmortalidad para ateos sin anclaje alguno en el mundo real donde el eremita de Sils-María incurre en el mismo tipo de superchería que tanto y tan bien se esforzó en evidenciar.


“Soy un místico y no creo en nada.” Gustave Flaubert. Difícil encontrar una autodefinición más certera.


Nietzsche es sublime cuando derriba, inaceptable cuando construye.


Usted es partidario del nihilismo.
No, yo no creo en eso.


Posible epitafio: “Quiso vivir. Raramente lo logró. Eso fue todo.”