sábado, 18 de agosto de 2007

Crónica de un entierro

El difunto abandonó el valle de lágrimas tras cinco días agonizando. Según los médicos, gracias a la morfina y demás sedantes el hombre no se enteró de su sufrimiento ni padeció dolor aunque un jadeo entrecortado e incesante le acompañó sin tregua durante esas largas jornadas. En los últimos días se podían apreciar en sus ojos, siempre entreabiertos, los surcos rojizos de las venas, esa especie de agrietamiento que se dibuja en los glóbulos oculares a causa del esfuerzo y el cansancio. A pesar de los ruegos e insinuaciones, más o menos veladas, a los galenos para que el tránsito, desenlace inconcuso e inevitable, no se demorase inútilmente provocando una aflicción mayor a la usual en estos casos, hubo que aguardar al agotamiento y consunción finales.

Algún día el hombre se tornará racional, lúcido, generoso y consecuente, mirará su condición de mortal cara a cara y se hará cargo de ella, permitirá, entonces, que aquellos de sus congéneres que deseen una buena muerte puedan tenerla. Algún día.

Siguiente etapa del proceso: el velatorio. Uno no es muy partidario de los velatorios. Creo que deberían estar limitados a los familiares y amigos más próximos y no convertirse, como sucede con frecuencia, en una bullanga irrespetuosa con el dolor ajeno, en un jolgorio donde lo de menos es el muerto. En una de las escasas oportunidades en que no he podido hurtar mi asistencia a uno de estos saraos, alguien confesó haber montado una timba con licores y todo con ocasión de otro de estos luctuosos acontecimientos. Comentaba el hombre, en un tono natural, sin ironía ni ánimo de burla: “claro, ¿y qué íbamos a hacer?”, acaso fuese un póstumo y peculiar homenaje a un compañero de francachelas, ¿quién sabe? Se siguió la costumbre y se pasó el trámite sin nada que reseñar.

Llegó el ansiado momento del entierro. Después de cinco días en el hospital y de día y medio en el velatorio, los deudos estaban anhelando que todo concluyese para lograr un merecido reposo, físico y mental. La ceremonia religiosa se desarrolló con normalidad. Es el momento de dar sepultura al cadáver. Se traslada el ataúd desde la iglesia al cementerio contiguo. Antes de introducirlo en el nicho, el sacerdote, provisto del hisopo de rigor, oficia los últimos responsos. Al lado de la caja, con los adminículos correspondientes, el sepulturero aguarda el término del oficio para proceder con su labor. Primera rocíada hisópica del párroco que, describiendo una amplia parábola, humedece por igual con el bendito elemento al enterrador y al féretro. Uno, que observa la escena de cerca, difícilmente puede reprimir una sonrisa al ver la cara de asombro y perplejidad que le queda al regado operario cuyo caletre debe de estar ocupado en esos momentos con el siguiente dilema: “éste, ¿lo ha hecho a posta o es que no me habrá visto?” Segunda aspersión sacra y nuestro héroe, pese a esbozar una finta para eludir la lluvia divina, vuelve a empaparse de bendición ante la impertérrita mirada del ministro del Señor.

La vida parece que a veces se empecina en amalgamar lo lúgubre con lo grotesco, en combinar la risa con el llanto, la tragedia con la comedia en un mismo acto para así mantenernos mejor uncidos a su yugo. Da la casualidad de que el hombre que representaba su última función atesoraba un carácter afable, simpático, siempre risueño y dispuesto a la chanza inocente, sin maldad, a pesar de la precaria salud que arrostró toda su vida. Creo que consideraría esta última anécdota como condigna de su temperamento, un buen mutis, un último guiño antes de abandonar definitivamente el escenario. Su hijo no heredó estas cualidades suyas.

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